martes, 14 de noviembre de 2017

Leyenda "El Cantador" versión original, en verso



José Carpio, el cantador,
Según nos cuenta la fama,
Vivió, se dice, a mediados,
De la edad decima octava.

Fue su cuna muy humilde,
Tan humilde como honrada,
Y por blasón el trabajo
Ostento siempre su casa.

Su padre, que era minero,
Desde al despuntar el alba,
Con su manojo a la mina
Iba todas las mañanas;

Y bajaba por el tiro
De la mina a las entrañas,
Porque era de aquella clase,
Heroica, fuerte, abnegada.

Del pueblo guanajuatense,
Que, en otras épocas gratas,
Hizo que fuera esa tierra
La tierra de las bonanzas.

Al regresar por las noches
El padre de Carpio, a casa,
Todo era jubilo y fiesta
Y contento y algazara;

Pues José, que era de bello
Carácter, desde la infancia,
Mostro afición decidida
Para el canto y la guitarra.

Y, pulsando el instrumento
con habilidad y gracia,
Al son de las roncas cuerdas
Dulce canto entonaba.

Era, cual suele decirse,
La alegría de la casa;
tan pronto como los ecos
de sus canciones vibraban,

los vecinos acudían
a escucharlo sin tardanza,
ancianos, niños, mujeres
y las doncellas más guapas.

Los años volaron presto,
Que el tiempo rápido pasa,
Dejando solo un osario
De recuerdos en el alma.

Y cuando todo era gozo
Y contento en la morada
De aquel constante operario
Trabajador y sin tacha,
Se vino un cielo en la mina,
Y de una manera trágica,
Murió el padre de José
Dejándolo en la desgracia.

II
Por las torcidas callejas,
Por las desiguales plazas,
Lo mismo en el alto cerro
Que, en profunda cañada,

De la ciudad primorosa
Que Guanajuato se llama,
Era Carpio, El Cantador,
El ave de las montañas.

Para ganarse la vida,
Por todas partes andaba,
Entonando tristes cantos,
Al compás de su guitarra.
Él, en el centro del corro
Que la gente le formaba,
asomándose las mozas
A las puertas y ventanas,

Era el deleite del pueblo,
Era el cantador de la fama,
Doquiera se le veía,
Doquiera se le admiraba,

Cuando escucharse solía
Su voz cadenciosa y clara,
Así atacando las graves,
como las notas más altas;

ora fingiendo querellas,
ora murmurios del agua,
humedeciendo los ojos,
anudando las gargantas,

al vibrar las roncas cuerdas
de su sentida guitarra,
con los aires populares
de las canciones serranas.

El poder de la música
Tan grande, tan avasalla,
Que a los más rudos espíritus
Los conmueve y los ablanda.

Y, sin querer, las pupilas
Anublándose con las lágrimas,
Se agitan los sentimientos
Mas dulces dentro del alma.

Es asombroso en el pueblo
La facilidad bien rara,
Con que retiene y repite
Cualquier cántico o sonata.

Y por eso de José,
las bellas y tristes cántigas,
silbaban los arrapiezos
por las calles y las plazas,

popularizando más,
de que aquel su cantor de la fama,
que de tiempo atrás corría
del vulgar aplauso con alas.

Pero como todo muere,
Todo vuela y todo acaba,
Fue extinguiéndose de Carpio
La voz armoniosa y clara.

Para ganarse la vida,
ya el canto no le bastaba,
y se decidió resuelto
como jefe de su casa,

a trabajar en las minas
con empeñosa constancia,
recordando de su padre
aquella honradez sin tacha.

El trabajo dios lo premia
Y lo bendice y lo ensalza,
Pues de José los afanes
Pronto colmo la abundancia.

Llego a estar la mina en frutos
Con buenas leyes de plata,
Y muy buenas cantidades
Obtuvo Carpio en sus rayas.

Su patrón, que sorprendía
En él la fe y la constancia
(en las labores de minas
Mas que en otras, necesarios),

Dio le un campo, que solicito,
y con empeño labraba,
y cuando menos lo espera,
encontrarse una bonanza.

Ya rico, abraco negocios,
Logrando pingües ganancias,
Y construyo, según dicen,
Un zangarro que se hallaba

De la ciudad a la puerta,
Sobre la planicie vasta,
Lo forman abruptos cerros
Bella y profunda hondonada.

José vivió allí dichoso
Beneficiando la plata
Y el oro de nuestras minas,
En riquísima abundancia,

Produjeron entonces
Y aun hoy en su seno guardan,
Dentro las preciosas vetas
De estas vírgenes montañas.

III
Murió José, y el zangarro
Que a su costa levantara,
A la margen del arroyo
Y junto a su propia casa,

Vino a poderosas manos
Que después edificaran
La grande y famosa hacienda
De beneficio de platas,

Que, por tradición, sin duda,
Era por todos llamada
Con el mismo sobre nombre
Que a Carpio le diera fama;
Pero al estallar la guerra
De la independencia santa,
Cuando se tomó la alhóndiga
De granaditas, se narra,

Que audaz penetro la plebe
A saco en tiendas y casas,
destruyendo cuanto pudo
y a la gente asesinándola.
Incendios en el edificio
De la hacienda-, destrozándola,
Y quedo una gran fortuna
En la noria sepultada.

Donde el rumor del trabajo
Constantemente reinara,
En los pesados arrastres,
Y del molino en las masas,


Después vieron se tan solo
Galeras abandonadas,
En cuyas rotas techumbres
Los murciélagos rondaban.

Apenas en pie quedaron
Arcos derruidos, pilastras,
Adonde el vulgo refiere
Que José Carpio llegaba

A entonar, como en un tiempo,
Sentadas y dulces cántigas,
Al son de las roncas cuerdas
De su llorosa guitarra.

IX
Luengos años transcurrieron;
Y aquella planicie vasta,
Por mucho tiempo quedose
Inculta y abandonada.

Después el ayuntamiento
Hizo en época legada,
Un jardín donde la incuria
En breve poso sus plantas

Hoy que el progreso, esa fuerza,
Esa ley, esa palanca,
A cuyo impulso los pueblos
Y las naciones avanzan,

Ha tenido en Guanajuato
Abiertas, sus blancas alas,
Ese jardín es un parque
Delicioso, que engalanan

Con sus aromas, los cedros,
Formando en sus calles amplias,
Del uno y del otro lado
Artísticas balaustradas.

Tiene bellos surtidores,
Que con sus cristales bañan
De los álamos y fresnos
Las tupidas enramadas.

En donde revolotean
Con bulliciosa algazara,
y en apretados enjambres,
Los tordos y las urracas.

Tiene prados que parecen
de terciopelo esmeralda,
Bordados con arabescos
De flores de especies varias,

En que alternan la miosotis
Y las violetas moradas,
Y los perfumados lirios
Y las margaritas blancas.

Tiene un lago diminuto
Sobre cuyas verdes aguas,
Cisnes de negro plumaje,
Como góndolas resbalan.

Y en el paraje florido,
Que a la ciudad engalana,
Se cita lo más granado
De caballeros y damas.

Allí los traviesos niños
Juegan y corren y saltan,
Y allí va también el pueblo,
La gente desheredada,

De la cual salió aquel hombre
Que por calles y por plazas,
Entonando dulces cantos,
al compás de su guitarra,
de cantador tierno y hábil
logro entre toda la fama,
y que a través de los tiempos
la tradición le guardara.
Y hoy el pintoresco sitio
Donde estuvo su morada,
en memoria de su nombre
De El Cantador se le llama.
Agustin Lanuza

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