José Carpio, el
cantador,
Según nos cuenta la
fama,
Vivió, se dice, a
mediados,
De la edad decima
octava.
Fue su cuna muy
humilde,
Tan humilde como
honrada,
Y por blasón el
trabajo
Ostento siempre su
casa.
Su padre, que era
minero,
Desde al despuntar el
alba,
Con su manojo a la
mina
Iba todas las
mañanas;
Y bajaba por el tiro
De la mina a las
entrañas,
Porque era de aquella
clase,
Heroica, fuerte,
abnegada.
Del pueblo
guanajuatense,
Que, en otras épocas
gratas,
Hizo que fuera esa tierra
La tierra de las
bonanzas.
Al regresar por las
noches
El padre de Carpio, a
casa,
Todo era jubilo y
fiesta
Y contento y algazara;
Pues José, que era de
bello
Carácter, desde la
infancia,
Mostro afición
decidida
Para el canto y la
guitarra.
Y, pulsando el
instrumento
con habilidad y
gracia,
Al son de las roncas
cuerdas
Dulce canto entonaba.
Era, cual suele
decirse,
La alegría de la
casa;
tan pronto como los
ecos
de sus canciones
vibraban,
los vecinos acudían
a escucharlo sin
tardanza,
ancianos, niños,
mujeres
y las doncellas más
guapas.
Los años volaron
presto,
Que el tiempo rápido
pasa,
Dejando solo un
osario
De recuerdos en el
alma.
Y cuando todo era
gozo
Y contento en la
morada
De aquel constante
operario
Trabajador y sin
tacha,
Se vino un cielo en
la mina,
Y de una manera trágica,
Murió el padre de
José
Dejándolo en la
desgracia.
II
Por las torcidas
callejas,
Por las desiguales
plazas,
Lo mismo en el alto
cerro
Que, en profunda
cañada,
De la ciudad
primorosa
Que Guanajuato se
llama,
Era Carpio, El
Cantador,
El ave de las
montañas.
Para ganarse la vida,
Por todas partes
andaba,
Entonando tristes
cantos,
Al compás de su
guitarra.
Él, en el centro del
corro
Que la gente le
formaba,
asomándose las mozas
A las puertas y
ventanas,
Era el deleite del
pueblo,
Era el cantador de la
fama,
Doquiera se le veía,
Doquiera se le
admiraba,
Cuando escucharse solía
Su voz cadenciosa y
clara,
Así atacando las
graves,
como las notas más
altas;
ora fingiendo
querellas,
ora murmurios del
agua,
humedeciendo los
ojos,
anudando las
gargantas,
al vibrar las roncas
cuerdas
de su sentida
guitarra,
con los aires
populares
de las canciones
serranas.
El poder de la música
Tan grande, tan
avasalla,
Que a los más rudos espíritus
Los conmueve y los
ablanda.
Y, sin querer, las
pupilas
Anublándose con las lágrimas,
Se agitan los
sentimientos
Mas dulces dentro del
alma.
Es asombroso en el
pueblo
La facilidad bien
rara,
Con que retiene y
repite
Cualquier cántico o
sonata.
Y por eso de José,
las bellas y tristes
cántigas,
silbaban los
arrapiezos
por las calles y las
plazas,
popularizando más,
de que aquel su
cantor de la fama,
que de tiempo atrás corría
del vulgar aplauso
con alas.
Pero como todo muere,
Todo vuela y todo
acaba,
Fue extinguiéndose de
Carpio
La voz armoniosa y
clara.
Para ganarse la vida,
ya el canto no le
bastaba,
y se decidió resuelto
como jefe de su casa,
a trabajar en las
minas
con empeñosa
constancia,
recordando de su
padre
aquella honradez sin
tacha.
El trabajo dios lo
premia
Y lo bendice y lo
ensalza,
Pues de José los
afanes
Pronto colmo la
abundancia.
Llego a estar la mina
en frutos
Con buenas leyes de
plata,
Y muy buenas
cantidades
Obtuvo Carpio en sus
rayas.
Su patrón, que
sorprendía
En él la fe y la
constancia
(en las labores de
minas
Mas que en otras,
necesarios),
Dio le un campo, que
solicito,
y con empeño labraba,
y cuando menos lo
espera,
encontrarse una
bonanza.
Ya rico, abraco
negocios,
Logrando pingües
ganancias,
Y construyo, según
dicen,
Un zangarro que se
hallaba
De la ciudad a la
puerta,
Sobre la planicie
vasta,
Lo forman abruptos
cerros
Bella y profunda
hondonada.
José vivió allí
dichoso
Beneficiando la plata
Y el oro de nuestras
minas,
En riquísima
abundancia,
Produjeron entonces
Y aun hoy en su seno
guardan,
Dentro las preciosas
vetas
De estas vírgenes
montañas.
III
Murió José, y el
zangarro
Que a su costa
levantara,
A la margen del
arroyo
Y junto a su propia
casa,
Vino a poderosas
manos
Que después
edificaran
La grande y famosa
hacienda
De beneficio de
platas,
Que, por tradición,
sin duda,
Era por todos llamada
Con el mismo sobre
nombre
Que a Carpio le diera
fama;
Pero al estallar la
guerra
De la independencia
santa,
Cuando se tomó la
alhóndiga
De granaditas, se
narra,
Que audaz penetro la
plebe
A saco en tiendas y
casas,
destruyendo cuanto
pudo
y a la gente
asesinándola.
Incendios en el
edificio
De la hacienda-,
destrozándola,
Y quedo una gran
fortuna
En la noria
sepultada.
Donde el rumor del
trabajo
Constantemente
reinara,
En los pesados
arrastres,
Y del molino en las masas,
Después vieron se tan
solo
Galeras abandonadas,
En cuyas rotas
techumbres
Los murciélagos
rondaban.
Apenas en pie
quedaron
Arcos derruidos,
pilastras,
Adonde el vulgo
refiere
Que José Carpio
llegaba
A entonar, como en un
tiempo,
Sentadas y dulces
cántigas,
Al son de las roncas
cuerdas
De su llorosa
guitarra.
IX
Luengos años
transcurrieron;
Y aquella planicie
vasta,
Por mucho tiempo
quedose
Inculta y abandonada.
Después el
ayuntamiento
Hizo en época legada,
Un jardín donde la incuria
En breve poso sus
plantas
Hoy que el progreso,
esa fuerza,
Esa ley, esa palanca,
A cuyo impulso los
pueblos
Y las naciones
avanzan,
Ha tenido en
Guanajuato
Abiertas, sus blancas
alas,
Ese jardín es un
parque
Delicioso, que
engalanan
Con sus aromas, los
cedros,
Formando en sus
calles amplias,
Del uno y del otro
lado
Artísticas
balaustradas.
Tiene bellos
surtidores,
Que con sus cristales
bañan
De los álamos y
fresnos
Las tupidas
enramadas.
En donde revolotean
Con bulliciosa
algazara,
y en apretados
enjambres,
Los tordos y las
urracas.
Tiene prados que
parecen
de terciopelo esmeralda,
Bordados con
arabescos
De flores de especies
varias,
En que alternan la
miosotis
Y las violetas
moradas,
Y los perfumados
lirios
Y las margaritas
blancas.
Tiene un lago
diminuto
Sobre cuyas verdes
aguas,
Cisnes de negro
plumaje,
Como góndolas
resbalan.
Y en el paraje
florido,
Que a la ciudad
engalana,
Se cita lo más
granado
De caballeros y
damas.
Allí los traviesos
niños
Juegan y corren y
saltan,
Y allí va también el
pueblo,
La gente desheredada,
De la cual salió
aquel hombre
Que por calles y por
plazas,
Entonando dulces
cantos,
al compás de su
guitarra,
de cantador tierno y
hábil
logro entre toda la
fama,
y que a través de los
tiempos
la tradición le guardara.
Y hoy el pintoresco
sitio
Donde estuvo su
morada,
en memoria de su
nombre
De El Cantador se le
llama.
Agustin Lanuza
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